Norita, madre de todos los cielos

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El viernes 1 de noviembre en el Salón de Usos Múltiples de la Universidad Nacional de Quilmes, Nora Cortiñas presentó su biografía, «Norita. La Madre de todas las batallas».

Por Danila Imbrogno

«Va a llegar el día que al FMI, haya que sentarlos en el banquillo de los acusados. Con lo que le sacan al pueblo, se pagan los intereses. A la democracia se la pelea en la calle», dijo y el público, que callado oía, aplaudió.

Nora Cortiñas, co-fundadora de Madres de Plaza de Mayo, en casi dos horas de charla, presentó su libro biográfico en el Salón de Usos Múltiples de la Universidad de Quilmes, el viernes 1 de noviembre frente a una amplia audiencia.

«Norita. La Madre de todas las batallas», de Editorial Sudestada, en palabras de su autor, Gerardo Szalkowicz, “cuenta la historia de las madres y del hijo de Norita, Gustavo”.

Carlos Gustavo Cortiñas detenido-desaparecido el 15 de abril de 1977 en la estación de Castelar a los veinticuatro años de edad, estaba casado y tenía un hijo. “Gracias a Dios”, dice Norita, “a mi nuera y al nene, no se los llevaron”. Gustavo aún, se encuentra desaparecido.

Norita relató con detalle y una especial cadencia en su voz, el momento exacto en que ella junto a otras madres se presentaban con una solicitada de alrededor de setecientos nombres de hijos desaparecidos y cientos de “moneditas”, resultado de distintas colectas, en el diario La Nación. No aceptaban la lista en letra manuscrita y no tenían tiempo de contar las monedas. «Vayan a pagar al Banco», les respondieron. Norita, en toda su charla, puso en valor el rol preponderante que tuvieron los papás: «Los padres sufrieron más que nosotras, los hubiesen fusilado en el momento por ser varones». Carlos, el papá de Gustavo, el esposo de Norita, era empleado del Ministerio de Economía y fue quien tipeo a maquina la totalidad de nombres de la solicitada y a través de un llamado telefónico a un amigo gerente de La Nación aseguró su publicación. Un día después, Azuzena Villaflor, madre cabeza fundadora del movimiento, era secuestrada en Wilde. 

Los padres presentaban los pedidos de habeas corpus y las madres, mediante encuentros armados de te canasta e idas a la Iglesia, dejaban papelitos con información y denuncias sobre los «desaparecidos» en los colectivos y cartitas en los bancos durante las misas. Los padres los esperaban fuera, con los coches encendidos para huir. Norita, pasa por los ojos todo de nuevo, nos emociona, aplaudimos. Nos pide que seamos memoria.

«Con este nuevo gobierno, tengo la esperanza que abran los archivos», exclama Norita, «en estos cuarenta años sino se abrieron es porque hay nombres de políticos, psicólogos, abogados, curas. Protegidos por el silencio. En las gavetas están los nombres de los bebés apropiados de sus madres. Es la buena voluntad».

Norita, casi al final, recuerda que le daba celos que su hijo Gustavo adorara tanto a Eva Perón. «Evita estaba en todos lados donde se la necesitaba, mamá», le dijo una vez y así Norita entendió que hasta el último día la batalla cultural está en la calle, con los compañeros, en el abrazo de todos.

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