A un año de la cuarentena comunitaria en Villa Azul

0

Por Karina Micheletto

La calle Caviglia parte en dos la Villa Azul. Un lado queda en Avellaneda; el otro, en Quilmes. De un lado hay casas y calles porque hubo urbanización. Del otro lado, las casillas y las formas laberínticas de la villa. Los vecinos y vecinas pertenecen al mismo barrio, compran en los mismos negocios, mandan a sus hijos a las mismas escuelas. Pero unos viven en casas con forma de casas, con asfalto, cloacas, agua potable, gas y electricidad segura; los otros no. La Caviglia abre una impactante foto que da cuenta de la incidencia directa de la política en la vida de las personas. Tal vez fue al ver ese contraste que resulta tan violento, que el presidente Alberto Fernández definió a Villa Azul como «el ejemplo más claro de la injusticia«

Villa Azul es un caso casi único en el mundo por lo que pasó aquí un año atrás: el cierre de un barrio de 5.000 personas luego de que se detectara un brote epidemiológico, en el inicio de la pandemia. Quienes lo decidieron hablan de «cuarentena comunitaria», porque fue una medida tomada ante una evidencia: cumplir el «Quedate en casa» imperativo de la época es casi un privilegio de clase. Del lado de Quilmes sólo el 3 % de la gente tiene conexión a la red pública de agua, las cloacas corren abiertas por los pasillos, las casas no tienen ventilación y albergan por lo general a familias muy numerosas. ¿Cómo pedir a alguien no salga de la casa por varios días, que cumpla con el distanciamiento social, la higiene de manos, la ventilación cruzada, cuando vive en estas condiciones? Lo que se puso en cuarentena, entonces, fue todo un barrio entero.  

Página/12 recorrió Villa Azul un año después de la experiencia de aislamiento tan singular que acaba de ser registrada en un artículo de la revista médica internacional Global Health Promotion. Encontró entre los vecinos y vecinas recuerdos del miedo y la incertidumbre de aquellos 14 días de cierre tras aquel viernes 23 de mayo que nunca van a olvidar. Relatos de lo mejor y peor que mostró el momento límite entre vecinos, la solidaridad y también las mezquindades que afloraron, las palabras cuidado y protección y el agradecimiento a un Estado que apareció para cuidar. Tras la coordinación de aislamiento, el municipio de Quilmes instaló en el barrio una oficina y hoy siguen trabajando desde allí. 

Surge una promesa en la que hoy los vecinos y vecinas confían: que esta sea, al fin, una oportunidad para concretar la urbanización de Villa Azul. Fue un anuncio del presidente en diciembre pasado y será un proceso largo, por etapas, que tras las primeras licitaciones de obra comenzará próximamente. 

Antes, en unos quince días, y coincidiendo con el aniversario del cierre del barrio, se iniciarán con AySa las obras del tendido de agua potable, que se calcula que en un año alcancen a todo el barrio. La siguiente obra proyectada en pocos meses es la de cloacas. De concretarse, aun antes de que lleguen las ansiadas construcciones de las casas (con todo lo que implica el proceso, porque los vecinos deben ser relocalizados mientras se construye cada etapa), será un antes y un después para Villa Azul.  

Pasillos

Entrar a Villa Azul es recorrer pasillos y pasillos por lo que corren cloacas abiertas, entre las que zigzaguean mangueritas que llevan el agua hasta las casas. Hay quienes tienen más suerte que otros: quien vive cerca de las calles de acceso a la villa, o del «lado de Avellaneda», puede tener un tendido más directo y mejor flujo de agua. A medida que se avanza hacia adentro, la presión baja y el agua llega sólo a determinadas horas, siempre escaseando. Las cloacas desbordan varios pasillos, cuando llueve se vuelven intransitables. Hoy el problema se mitiga con los camiones de Aysa que llevan agua semanalmente y los atmosféricos que van a vaciar los pozos.  

Cerca de la nueva sede del municipio y del centro de salud donde se están realizando hisopados en la vereda, está lo que quedó de las 152 casas que se habían empezado a construir con el proyecto de las Madres de Plaza de Mayo, y que el gobierno de Macri paralizó. Tienen un aspecto extraño porque el sistema de construcción tenía paredes de planchas de telgopor, protegidas por mallas de alambre y cubiertas luego por cemento. Algunas llegaron hasta la parte del telgopor y el alambre, y ahí quedaron, otrora blancas. Las tomaron hace unos años unas 80 familias, que ahora viven allí en peores condiciones aún que muchos de sus vecinos. Por allí se planea comenzar ahora la urbanización del barrio.    

También está la famosa canchita que quedó sindicada como el lugar donde todo empezó: ahí, dicen los vecinos, se jugaban campeonatos de fútbol desde donde «se desparramaron» los primeros contagios. «Era un descontrol, jugaban por plata y hasta cualquier hora, ya había decreto de aislamiento pero acá no se le daba bola», recuerda un vecino. Paradójicamente, esa canchita fue la única obra que inauguró en el barrio Martiniano Molina durante su gestión. 

Historias

Miriam Casco fue un caso excepcional: «No tuve covid, pero tuve dengue», se ríe al recordar. Fue la única en el barrio y, al cursar los mismos síntomas, fue tomada como caso sospechoso de covid. Desde el cierre ofreció su casa para que funcione como Punto Solidario, un programa del municipio que centraliza en determinados lugares del barrio la entrega de alimentos para su distribución. Recuerda aquellos días en que salían a repartir en carretilla, casa por casa. También los que desconfiaban de que ella «sacara alguna ganancia» con esa tarea, que realiza de manera solidaria. Ahora se fijó un día para que los vecinos vayan a su casa a buscar la comida.

«Mi sueño es abrir la canilla de mi casa y que salga agua corriente«, no duda en responder cuando se le pregunta por el futuro. Dice que confía en que esta vez sí, va a ser posible cumplirlo. También su papá, Martín, que tiene 70 años y vive acá desde los 14: «Nunca nadie vino a ofrecernos nada, ahora vemos gente que conocemos, que habla con nosotros», es su razonamiento. 

Mabel Martínez el cierre del barrio «la agarró afuera», y allí se tuvo que quedar esos catorce días. Trabaja cuidando a una anciana los fines de semana, y con ella pasó esas semanas. «Lo viví al principio muy angustiada, pero no podía dejar sola a la señora, porque quien la cuida los días de semana también vive en Villa Azul, tampoco iba a poder salir. Hasta que mi hermano me empezó a mandar fotos de las nenas, mis sobrinas, me fui quedando tranquila porque veía que estaban todos bien», recuerda. Hoy evalúa que el cierre del barrio «fue una medida grossa y una protección para el barrio». 

«Yo me acuerdo que daban Coca Cola», dice Mía, de 8 años, al escuchar la pregunta dirigida a los adultos. «Y que había un ejército. Y que como no se podía sacar plata trajeron un cajero». La respuesta espontánea resume una parte importante de lo que pasó: se sumaron organizaciones como La Garganta Poderosa (ellos fueron quienes donaron las viandas con la gaseosa que recuerda Mía), el cierre implicó la vigilancia de los accesos con fuerzas de seguridad, y un gran operativo para el abastecimiento desde comida y agua hasta tarjetas de teléfono, también dinero en efectivo. 

«La pandemia también dejó cosas buenas acá en Azul», está segura Zoe Bracconi. «Yo siento que gente que no se conocía tanto en el barrio ahora se conoció más, se hicieron otros lazos», hace el balance. Para ella, además, significó un lugar en la nueva sede municipal como parte de un programa de inclusión de personas trans, desde donde trabaja ahora por la inclusión de otras chicas trans del barrio. «Yo afronté mi identidad a los 16 años, y desde entonces soy Zoe, no tengo problemas con eso porque nunca bajé la mirada, no me avergüenza ser quien soy. Pero hay muchas otras chicas que no se animan, o que no tienen apoyo en la familia. A esas chicas las estamos ayudando, ese es mi trabajo ahora», dice orgullosa.   

Gabriela Rodríguez abrió un comedor en su casa un par de meses atrás. «Más que nada viendo que la estaban pasando mal mis compañeros del subte, porque a todos se nos cortó», dice sin perder la sonrisa. Gabriela tiene 30 años y desde los 11 trabajó en el subte vendiendo «lo que sea», hasta el inicio de la pandemia. Algunos de sus conocidos, cuenta, volvieron a vender al subte, por necesidad. «Pero a mí no me gusta, por los chicos. Tengo dos hijos y no los quiero contagiar». 

Ella trabaja ahora en la cocina de su casa, su marido (que también vendía en el subte y dejó de ir) cocina a leña afuera. Dan merienda y comida a sus vecinos. Reciben 300 kilos de alimentos por mes del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia, y a eso lo van «estirando» con lo que se puede. «Ahora por el protocolo entregamos en tuppers. Hay que ayudarnos entre todos. Hay demasiada necesidad», dice.

Además de la venta ambulante, una importante fuente de ingresos de los habitantes de Villa Azul es el reciclado, y por el borde del barrio se ven los carritos que llegan hasta la gran planta recicladora quue queda justo en una esquina.  

De aquellos días intensos quedan dos recuerdos mediáticos. El primero, la difusión de imágenes de un piquete con quema de gomas, presentada como «protesta de vecinos de Villa Azul» por el cierre, pero que en realidad eran del sur de Chile. El segundo, la viralización de videos tomados en la puerta de la UNQ, transformada en centro de aislamiento, adonde se acercaban por las noches los vecinos a aplaudir y agradecer las medidas tomadas. 

Los habitantes de Villa Azul también guardan esas imágenes mezcladas con el recuerdo de su propia experiencia. Que hoy se transforma en un motor para seguir enfrentando la pandemia. 

Fotografía: Ariel Romaniuk.